Monday, February 20, 2006

la mochila

Por alguna razón yo mismo me había forzado a dejar el asunto por la paz. Decidí no intentar buscarla. Tras el incidente hubo varios problemas y las pérdidas físicas eran realmente insignificantes, aunque me había dolido extraviar un par de cuentos y unas canciones que había escrito en un cuadernito que se encontraban en una de las bolsas de la mochila. Bueno, no les puedo dar detalles exactos porque ni siquiera me acuerdo de lo que pasó. Yo estaba chupando con Marcos. Bebíamos cerveza. Entonces decidimos salir en mitad de la noche y caminar. Me acuerdo que avanzamos sobre Marina Nacional y luego giramos en Cuitláhuac. Llegamos finalmente a un Oxxo en el cruce con Camarones donde compramos más cerveza. Después tengo un vacío en la memoria. Por la mañana desperté en el zaguán de una unidad del gobierno con edificios verdes y amarillos. Tenía resaca y no entendía qué carajo hacía ahí. Conforme me las arreglaba para encontrar alguna salida, lo cual no sé por qué razón lo conseguí en el primer intento, comencé a hacer memoria. Sin resultados, no recordaba qué había sucedido después del Oxxo. Tampoco sabía dónde había quedado Marcos. Me di por vencido, subí a un camión y regresé a mi casa. Me di cuenta al llegar de que había perdido la mochila.

Marcos se acercó a la gasolinería. No sabía exactamente lo que iba a hacer en la gasolinería. Al llegar, se plantó enfrente de los dos dependientes que atendían, aunque a decir verdad, no atendían a nadie, al menos no en el momento en que llegó Marcos. Cruzaron miradas durante un momento y luego insultaron a Marcos. Lo discriminaron. Marcos se dio la vuelta y los dejó graznando solos. Continuó avanzando sobre la avenida hasta que se topó con la entrada de alguna estación del Metro. Posiblemente era Camarones, o tal vez Refinería. Compró su boleto y en los torniquetes se topó con un policía viejo y desvelado.
– ¿Vienes borracho o te agarraron? – le preguntó el policía.
– Me agarraron – respondió Marcos sin entender del todo la pregunta.
Bajó las escaleras eléctricas y esperó a que llegara el tren. El tren llegó. Subió. Iba casi vacío y por primera vez se preguntó qué hora podría ser. Se sintió mareado. Vio su reflejo en las ventanas de la puerta y notó que la mitad de su rostro estaba ensangrentado. Sintió una arcada y vomitó en el piso del vagón. Vomitó sangre. Poco a poco se fue recuperando y entonces comenzó a recordar la peda de anoche. De pronto se acordó de mí. No sabía cuándo nos habíamos separado, no entendía por qué nos habíamos separado. Marcos comenzó a desesperarse. Si él estaba ensangrentado ¿cómo estaría yo? Me dio por muerto. Comenzó a sentir una profunda desesperación. No entendía nada.

Esa misma mañana nos enteramos por teléfono del estado de cada uno de nosotros. Yo estaba ileso. A Marcos le habían roto la ceja derecha, tenía un derrame en el ojo, golpes en el brazo derecho y la rodilla derecha y le habían pegado fuerte en el estómago y probablemente en los testículos. Algún zurdo hijo de puta, tal vez. Y ni Marcos ni yo nos acordábamos de lo que pasó. Un vacío después del Oxxo. Y un vacío en el corazón. Habíamos defraudado a varias personas y a nosotros mismos. La cosa fue tranquila después, decidimos suspender temporalmente las reuniones. De alguna manera concordamos en que no beberíamos hasta que el derrame de Marcos desapareciera. Tal vez sería hasta dentro de un mes. Un mes de reflexión sobria. Bueno, a decir verdad yo me tomé una cerveza una semana después de lo ocurrido, pero desde entonces nada.

Hubo una versión oficial en la escuela. Marcos decía que le habían golpeado sin querer jugando basketball. Menudo madrazo. Varios de nuestros compañeros se creyeron la historia y otros nos miraban escépticos pero finalmente lo aceptaron. Finalmente Marcos decidió contarles la verdad. Marcos tiene un conflicto con las mentiras, no le gusta mentir. A mi no me resulta nada difícil, pero la verdad es que si tejes una mentira, entre más le des vuelta, más te quedas enredado.

Pasó un mes desde entonces y el ojo de Marcos casi se había recuperado. Una delgada luna roja contorneaba su iris. Todavía se negaba a desaparecer. Cuando yo regresaba en camión a mi casa pasaba de vez en cuando frente a la unidad donde me había despertado. Era una de las rutas del RTP que sale de Rosario y llega al parque México. Para entonces yo tenía una mochila nueva (o semi-nueva) que compré a precio de ganga en el tianguis de San Felipe. Pero de alguna manera siempre que recorría esa zona, me preguntaba qué carajo habría sido de mi mochila vieja, aunque estaba seguro de que no la volvería a ver. Entonces un día involuntariamente me bajé cuando pasábamos por ahí dispuesto a encontrar alguna pista. No recordaba ni siquiera el número del edificio bajo el cual había dormido, pero decidí adentrarme entre los bloques de concreto de la unidad.

Seguí un camino de piedras que alguien había improvisado sobre la hierba. El camino se bifurcaba y sin pensarlo giré a la izquierda. Yo simplemente avanzaba. Pronto me detuve frente al número 23. Atravesé la reja y subí por las escaleras. No sabía si era el edificio correcto, de hecho la noche en que dormí en el piso de concreto la reja de la entrada estaba cerrada y si acaso lo intenté, no pude entrar. Aún así seguí subiendo. En el segundo nivel alcancé a ver un bonche de papeles enrollados y atorados en las varas del barandal. Los revisé. En la primera hoja se leía mi nombre mecanografiado. Tenía más datos pero no me detuve a leerlos. Pasé las páginas. Las últimas tenían una serie de sellos que más bien parecían impresos y no sellados. Todas las hojas estaban membreteadas no sé a nombre de quién. Parecían ser de alguna dependencia gubernamental. Entonces lo más probable es que estuviera fichado. Yo seguía revisando las hojas cuando escuché que se abría la puerta del piso más alto. Era una puerta metálica como de lámina con tachones para barco, con el mismo color gris amarilloso. Se asomó una mujer muy alta. Su cabeza parecía una rodaja de manzana vista desde enfrente. Su nariz y sus pómulos estaban aplastados contra el rostro de manera inhumana. Era desagradable.
– ¿Qué buscas niño? – me preguntó la mujer con cabeza de manzana. De alguna manera su voz sonaba al final de cada palabra como cuando muerdes una manzana y ésta cruje. La mujer era toda manzana.
– Perdí mi mochila. Era roja y tenía parches, ¿no la habrás visto por casualidad?
– Quizá sea ésta. La encontré el otro día.
¡Ahí estaba! No lo podía creer. Mi mochila, tumbada sobre la madera barnizada del apartamento. Me la entregó y ella emitió un sonido extraño al tiempo que cerraba la puerta de metal. Bajamos. Yo llevaba mi mochila semi-nueva en la espalda y mi mochila vieja colgada sólo de un brazo.
– Necesito regresar a mi casa – le dije a la mujer con cabeza de manzana - ¿Crees que todavía pase el camión naranja que va al parque México?
– Yo creo que sí – me respondió.
Seguimos avanzando por otro camino de piedra. Ella iba a mi izquierda. Yo iba a su derecha, un poco retrasado. La volteé a ver. Por extraño que suene fue hasta entonces que me di cuenta de que estaba calva. De hecho de perfil casi no parecía que tuviera cabeza de manzana. Iba casi desnuda. Únicamente llevaba unos calzones marrones que se confundían con el color de su piel tostada y unos zapatos negros de vestir. A ella no le importaba, ni a los vecinos con los que nos cruzábamos. Tampoco a mí. Yo había recuperado mi vieja mochila. Eso era bueno. Finalmente salimos hacia un estacionamiento. La mujer con cabeza de manzana y el portero se saludaron. Yo me alejé sin despedirme. Estaba atardeciendo. Cuando oscurecía los camiones dejaban de pasar pero esta vez tuve suerte porque llegó uno casi inmediatamente. Subí y me senté en un asiento de la parte trasera. Me puse a pensar en lo extraño que acababa de sucederme. Y eso que estaba sobrio. Decidí no abrir la mochila y revisar su contenido hasta llegar a casa. Yo sabía que algo me estaba esperando desde su interior.

1 Maldiciones:

At 1:46 PM, Blogger El de-compuesto said...

No deja de parecerme estupendo tu relato. Luego habrá que recopilar todas esas crónicas de la descomposición que tenemos por ahí y hacer un libro como los que manda el demonio. Saludos.

 

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